El peligro está en el Támesis

El Gobierno británico sigue lanzando globos sonda sobre terrorismo. El Home Office ha publicado hoy una revisión de su estrategia antiterrorista. En el apartado de nuevas amenazas suman la posibilidad de un ataque nuclear o radiactivo por parte de Al Qaeda y alertan del tráfico de químicos y productos radiactivos para crear explosivos. La semana pasada, Scotland Yard presentaba su nueva campaña de concienciación contra el terrorismo. Bajo el eslogan ‘ninguna llamada es una pérdida de tiempo’, la Policía pide a los londinenses que no duden en denunciar si ven a alguna persona sospechosa cargando productos químicos en sus coches.

La principal preocupación de la Policía está en blindar la capital británica durante los Juegos Olímpicos de 2012. Se temen que el peligro pueda venir por el Támesis. Y es aquí es donde está la verdadera novedad. Los oficiales del Home Office han alertado esta mañana sobre la posibilidad de que Londres sufra un atentado terrorista al estilo Mumbai, con terroristas cargados con explosivos remontando el río hasta la villa olímpica. Bristol, Liverpool, Newcastle, Glasgow y Belfast serían otras ciudades supuestamente amenazadas.

En India, los terroristas llegaron al puerto y sembraron el caos tomando edificios y detonando explosivos en varias zonas turísticas en 2008. Pero la proximidad de Londres con el mar no es la misma que la de Mumbai. Por muchos canales que tenga el Támesis parece poco probable que un grupo de Al Qaeda sea capaz de llegar hasta la capital en una lancha motora.

El despliegue en el río va a ser brutal. Scotland Yard pretende movilizar unos 7.000 agentes para proteger los márgenes. Lo que se supone debería ser una fiesta del deporte se verá empañado por la amenaza terrorista real o imaginada. Pero el estar involucrado hasta las cejas en guerras como la de Afganistán, tiene sus consecuencias.

El Islam, visto por los británicos

La percepción de la comunidad musulmana en el Reino Unido se deterioró gravemente tras los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres. La situación es difícil de solucionar ya que ni medios de comunicación, ni el Gobierno, ni los musulmanes británicos parecen dispuestos a dar un paso adelante. Las diferentes asociaciones civiles y campañas dirigidas para evitar la desconfianza no están surtiendo efecto. También hay un doble discurso instaurado en la sociedad que está siendo explotado por los grupos más extremistas.

Un ejemplo reciente es la detención de 10 estudiantes paquistaníes en abril del año pasado en el norte de Inglaterra. El Gobierno calificó la operación como “el mayor golpe dado al terrorismo islamista” en la historia de la Policía. Pero la realidad fue distinta. Nunca se probó la supuesta relación de los arrestados con una banda organizada que pretendía atentar “inminentemente” contra la población civil. Los inculpados fueron deportados a su país, donde cargan con el estigma del terrorismo en sus espaldas.

Desde entonces, el Gobierno ha tratado de mejorar las relaciones con Pakistán. El país asiático es visto por Londres como el máximo responsable de la fluctuación de terroristas hacia Europa. El Ejecutivo ha emprendido allí acciones conjuntas con el Ejército paquistaní y EEUU para terminar con los bastiones de Al Qaeda en la frontera con Afganistán. Pero al mismo tiempo ha puesto en marcha una campaña antiterrorista en el Reino Unido sin precedentes.

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El racismo no se cura con maquillaje

Al British National Party (BNP) no le va a bastar con permitir afiliarse a los ciudadanos no blancos para librarse de la Justicia. El próximo viernes un juez decidirá si el hecho de que se obligue a esas personas a firmar los estatutos es discriminatorio o no, tras la denuncia de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos.

Esos estatutos incluyen la obligación de oponerse a cualquier tipo de “integración o asimilación” que perjudique a los “británicos indígenas”, así como el requerimiento de apoyar “el mantenimiento y la existencia de la unidad e integridad de los indígenas británicos”.

Algunos os preguntaréis, ¿Indígenas británicos? El BNP es un partido de extrema derecha que está afanado en defender la prevalencia de los derechos de los descendientes de los primeros ciudadanos que poblaron las islas por encima de los de cualquier otro. Hablando claro, los derechos de los blancos primero.

El término indígena ha causado bastante controversia y cachondeo. Nada mejor que volver a la participación del líder del BNP Nick Griffin en el programa de la BBC Question Time en octubre del año pasado. La intervención de Bonnie Greer, directora del British Museum, es para ser recordada durante muchos años [minuto 5.03 del vídeo]:

“On his site he starts his history largely in 700 AD; where’s the rest of British history? Where’s the Romans? There’s a reason the Romans aren’t there, because they were a multicultural society. Anybody could be a Roman citizen, and there were armies here of Africans and Asians and Europeans and when Rome left they were left behind. Now what happened with them? Do you think they hooked up with your indigenous Ice Age Britons, Nick?”

No sabemos si aquellos romanos abandonados se enrollaron con los indígenas de la Edad de Hielo que Nick Griffin defiende, como dice Greer. Pero sí es una manera más de desmontar la constante necesidad de protagonismo de este partido de ultras.

Herederos del Frente Nacional, el BNP ha estado desde 1982 marginado de la política generalista hasta las pasadas elecciones al Parlamento Europeo. Consiguieron hacerse con nada menos que dos asientos en Bruselas.

Su ascenso fue analizado como la victoria de un sector radical de la sociedad castigado por la crisis económica y escandalizado por el tejemaneje de los diputados británicos con el dinero público a espaldas del contribuyente. Explotando la imagen de Churchill hasta la saciedad, utilizando eslóganes como ‘British jobs for british workers‘ (que curiosamente fue empleado por el primer ministro Gordon Brown hace un par de años) y atacando constantemente a la comunidad muslumana y a los inmigrantes, se aprovecharon del momento más confuso de la política del Reino Unido en un siglo.

En una sociedad como la británica hablar de racismo causa gastroenteritis aguda. Y que un partido racista se te cuele hasta la cocina es una salmonella que bien se tienen que aplicar en curar en las próximas elecciones Gobierno y oposición.

Aquí no son muy de ilegalizar partidos, pero si los laboristas piensan que maquillando los estatutos del BNP se les va a curar la ideología, andan mal orientados.

Gordon Brown, el terrible (II)

Vamos por partes porque ha llovido mucho -Y no sólo en sentido meteorológico–  desde la primera parte de esto, que va camino de convertirse en saga.  Voy a ser telegráfico para que nadie se pierda.

Hay que darle la enhorabuena al periodista Andrew Rawnsley por conseguir que su libro, ‘The End of The Party’, tenga muchísima más repercusión que el que fue presentado pocos días antes por Lance Prince en The Independent, titulado ‘The Spin Doctor’. Ambos tienen en común que han conseguido que la opinión pública británica piense que Gordon Brown es un personaje desequilibrado y déspota. La diferencia es que las fuentes del primero parecen mucho más fiables que las del segundo.

El domingo, The Observer publicó en exclusiva los primeros extractos del libro. En esa entrega, el periodista habla del carácter “irascible” del primer ministro. También de su falta de previsión, indecisión y susceptibilidad con los titulares de prensa. Pero creo que los periódicos se están quedando en la superficie y dando demasiado altavoz a frases del tipo “no pasaba un sólo día sin que me tirara un periódico, un bolígrafo o una lata de coca-cola”, de uno de sus ayudantes. Todos hemos tenido jefes y sabemos cómo reaccionan de vez en cuando.

Lo que ha tenido menos repercusión es el constante estado de fatiga que se le atribuye al primer ministro en ese extracto. En numerosos comentarios de lo publicado en The Observer se dice que Brown estaba “exhausto”, “cansado” y que era incapaz de “tomarse unas vacaciones” ni siquiera en verano. “No era el tipo de cansancio que se cura con una semana durmiendo bien”, dice uno de sus ayudantes. “Tenía los hombros hundidos y la cara demacrada”, dice otro.

Según Rawnsley:

“Brown had been “ferociously hard-working” since childhood, says his friend Murray Elder. The eternal scholarship boy responded to adversity by thinking that he would find the answer to his problems by labouring even harder. He went to bed later and got up earlier, working even more fiercely in the belief that this was the way to get on top of things. He did not grasp that what he most needed to do was to learn to delegate and to prioritise”.

Las cosas habían ido mal. Como cuenta el libro, cuando Brown sucedió a Blair en 2007, los laboristas se pusieron por delante de los conservadores en las encuestas después de dos años. Tanto, que con la euforia, los más cercanos le animaron a que convocara elecciones anticipadas y así se quitara el estigma de ser un primer ministro que no había sido elegido directamente por el pueblo. Los laboristas pusieron en marcha la maquinaria electoral. Brown encargó a su ministro de Finanzas, Alistair Darling, que preparara un adelanto del presupuesto para el año siguiente y hasta la reina estaba preparada para una posible disolución del Parlamento.

A pocos días de que Brown fuera a anunciar el adelanto de las elecciones, los conservadores celebraban una conferencia en Blackpool. George Osborne, el responsable de finanzas Tory, hizo un anuncio que terminaría por minar las expectativas de los laboristas. Los conservadores estaban dispuestos a aplicar el impuesto de sucesiones a las rentas más altas. Los asesores de Brown le habían desaconsejado en varias ocasiones que llevara ese impuesto en su programa electoral y, por tanto, Darling no lo incluyó en el presupuesto.

No hizo falta. Tras el anuncio de Osborne los laboristas habían perdido fuelle en las encuestas. Lo peor es que no les quedaba más remedio que parar la carrera electoral, con el consiguiente ridículo para Brown. Los rumores de la marcha atrás habían llegado a la prensa y ya no había manera de pararlo. La reputación del primer ministro quedó por los suelos y las relaciones dentro del partido se resquebrajaron. Los unos se echaban las culpas a los otros del error y entre medias quedaba un Brown hastiado y con un humor de perros.

A las personas perfeccionistas y que tienen un exceso de responsabilidad les suele pasar esto. Que al final prefieren hacer la guerra por su cuenta antes que confiarle el trabajo a nadie. Sus esfuerzos para mejorar su imagen otra vez le pasaron factura en forma de estrés. Quería manejarlo todo para que no volviera a haber ningún error. Se metía en las labores de todos sus colaboradores y ministros. Hacía y deshacía a su antojo y vinieron las rebeliones que conté en el anterior post. Gordon Brown pasó de ser el hombre que podía sacar al nuevo laborismo de su atolladero para convertirse en un acosador laboral sin escrúpulos.

Entre unos y otros han aprovechado estos días la publicación de los libros para remover la imagen de Brown, ya de por sí maltrecha. Desde Christine Pratt, la directora y fundadora del Servicio Nacional contra el Acoso Laboral, que filtró sin que aún se sepa el porqué, que había recibido la llamada de cuatro personas del entorno de Brown; hasta David Cameron, que ayer se burló de lo lindo del primer ministro y de Darling.

Éste, en una entrevista la noche anterior, sugirió que Brown le había puesto a parir cuando le dijo que Reino Unido se iba a hundir en la recesión. Cameron, al que se le da muy bien aprovechar los puntos flacos de Brown dijo: “Después de las extraordinarias declaraciones del ministro anoche y tras las palabras del primer ministro esta mañana, cito textualmente “Nunca le diría a nadie que hiciera otra cosa que no sea apoyar al ministro”, ¿tendría usted el valor de levantarse y decirnos que esto es cierto?”.

Como bien dice Íñigo en este post “¿Qué es mejor? ¿Tener a un primer ministro educado pero incompetente o a otro paranoico e iracundo pero que sepa hacer su trabajo? ¿Se puede elegir? ¿Qué ocurre si es incompetente y paranoico?”. Pero a un buen primer ministro también le hacen las personas que le rodean y me temo que en todo este tiempo no han estado a la altura. A juzgar por los relatos, nadie ha sabido poner en su sitio a Brown y hacerle ver que su comportamiento era intolerable para la estabilidad del Gobierno. Tampoco parece que haya habido alguno que le haya aconsejado correctamente.

Lo que sí ha demostrado el primer ministro es saber reaccionar justo cuando se ha visto con el agua al cuello. Si siguen saliendo historias, le puede volver a alcanzar. Pero al final acabará resurgiendo. Las encuestas ya parecen estar de su parte. Un tipo que le grita a Blair, no debe ser tan malo después de todo.