Mensajes cortos

¿Hablábamos de Irak?

La gente anda un poco perdida estos días  con las elecciones. Lo que parecía un camino de rosas para los Conservadores de David Cameron se ha convertido en una emboscada a lo Basora en la que ya no sabe por dónde les caen los golpes.

Algunas veces vienen de un Lord que tiene su dinero en un paraíso fiscal, y otras, como ayer, de una nueva encuesta. Si Gordon Brown hubiera sabido de antemano lo que iba a pasar después de que todo el mundo le acuse de acoso laboral, seguro que habría filtrado él mismo a la prensa lo que pasa en Number 10.

Y si todo sigue igual, lo que dice el mensaje también se puede aplicar al Reino Unido. Es normal que la gente se líe, si hasta el discurso de Tony Blair  en su comparecencia ante la Comisión que investiga los motivos que llevaron al país a invadir Irak se centró en… Irán.

Conductores, trenes y trastornos

Hay tensión en la red de transporte estos días (si es que algun día no es fiesta). Chris se pregunta si los conductores de autobús son así de gruñones sólo en su línea o si es una regla general. Creo que lo es. Algo general. Menos los del servicio nocturno. Aunque esto necesita una segunda opinión, porque no sé si es que yo voy contento los fines de semana cuando vuelvo a casa de madrugada o si ellos están tan contentos como parecen. Si lo estuvieran por los mismos motivos que yo, me preocuparía.

Cuando acaban la jornada, algunos parecen no querer saber nada del resto de los mortales. Y por eso tienen tentaciones como las del segundo mensaje. Ir sentados en el techo del tren para no tener que escuchar a nadie, por peligroso que resulte.

A otros les da por pasearse de un lado a otro en los vagones del metro. No se sabe si es por un trastorno obsesivo-compulsivo, o si están repitiendo las caminatas que entre ruta y ruta se meten para recoger periódicos, latas, huesos de pollo o cáscaras de plátano que los viajeros les dejan amablemente en los asientos.

Para leer no tienen tiempo. Eso sólo lo debe hacer Heather. Y seguro que ella no es conductora de autobús.

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Los gritos funcionan para Brown

Después de la encuesta de este domingo del Sunday Times queda probado que Gordon Brown tiene más vidas que un gato. Los laboristas se colocan a dos puntos de los conservadores en el análisis preparado por YouGov para el periódico. Traducido en votos ganarían las elecciones del 6 de mayo y podrían gobernar en minoría buscando apoyos puntuales en otros partidos. Es curioso, pero el primer ministro, al que llevan acusando toda la semana de atemorizar a sus empleados, ha vuelto a remontar el vuelo y coloca a su partido en una posición parecida a cuando sucedió a Tony Blair. Los laboristas no estaban tan bien en una encuesta desde hace dos años y medio.

La única explicación que me entra en la cabeza es que los británicos se han dado cuenta, tras los últimos acontecimientos, de que Brown no es tan corderito como parece y que igual lleva un líder dentro. Al fin y al cabo, las excentricidades, los desmanes y la mala leche están incluídas en la lista de cosas que conforman a los mitos políticos. Brown está lejos de ser uno, pero si consigue ganar las elecciones, entrará en la historia del laborismo como el hombre que resurgió de sus propias cenizas.

Para ver cómo está la cosa sólo hay que fijarse en que una encuesta del mismo periódico dejaba a los laboristas seis puntos por detrás hace sólo una semana. Los resultados van cambiando de un día para otro y parece imposible hacer una previsión de cómo estarán ambos partidos la semana que viene. El presidente de YouGov, Peter Kernell, dijo al periódico:

“I am confident the Tory lead is down this weekend but I can’t promise whether the latest movement will be sustained, increased or reversed in the days ahead. One of the reasons for doing daily polls is to monitor these fluctuations”

Entre las cosas que han podido aumentar las opciones de los laboristas esta semana está la confirmación de que el Reino Unido ha salido de la recesión. La economía británica creció un 0,3% en el último cuarto de 2009, una cifra un poco mejor que la esperada del 0,1% y que deja a Brown y su ministro de Finanzas, Alistair Darling, en buen lugar.

David Cameron, el líder Tory, no parece estar haciendo los deberes. Su partido ha perdido 24 puntos de distancia desde el invierno pasado. Hoy ha recurrido al patriotismo para reclamar el voto en el Spring Forum de Brighton.

“It is an election we have a patriotic duty to win because this country is in a complete and utter mess, and we have to sort it out.”

Si a estas alturas tiene que tirar de la bandera para mostrar su compromiso, mal van. Como dice Martin Ivens en su columna del Sunday Times, “If Labour is so terrible, why are you doing so badly?”.

Gordon Brown, el terrible (II)

Vamos por partes porque ha llovido mucho -Y no sólo en sentido meteorológico–  desde la primera parte de esto, que va camino de convertirse en saga.  Voy a ser telegráfico para que nadie se pierda.

Hay que darle la enhorabuena al periodista Andrew Rawnsley por conseguir que su libro, ‘The End of The Party’, tenga muchísima más repercusión que el que fue presentado pocos días antes por Lance Prince en The Independent, titulado ‘The Spin Doctor’. Ambos tienen en común que han conseguido que la opinión pública británica piense que Gordon Brown es un personaje desequilibrado y déspota. La diferencia es que las fuentes del primero parecen mucho más fiables que las del segundo.

El domingo, The Observer publicó en exclusiva los primeros extractos del libro. En esa entrega, el periodista habla del carácter “irascible” del primer ministro. También de su falta de previsión, indecisión y susceptibilidad con los titulares de prensa. Pero creo que los periódicos se están quedando en la superficie y dando demasiado altavoz a frases del tipo “no pasaba un sólo día sin que me tirara un periódico, un bolígrafo o una lata de coca-cola”, de uno de sus ayudantes. Todos hemos tenido jefes y sabemos cómo reaccionan de vez en cuando.

Lo que ha tenido menos repercusión es el constante estado de fatiga que se le atribuye al primer ministro en ese extracto. En numerosos comentarios de lo publicado en The Observer se dice que Brown estaba “exhausto”, “cansado” y que era incapaz de “tomarse unas vacaciones” ni siquiera en verano. “No era el tipo de cansancio que se cura con una semana durmiendo bien”, dice uno de sus ayudantes. “Tenía los hombros hundidos y la cara demacrada”, dice otro.

Según Rawnsley:

“Brown had been “ferociously hard-working” since childhood, says his friend Murray Elder. The eternal scholarship boy responded to adversity by thinking that he would find the answer to his problems by labouring even harder. He went to bed later and got up earlier, working even more fiercely in the belief that this was the way to get on top of things. He did not grasp that what he most needed to do was to learn to delegate and to prioritise”.

Las cosas habían ido mal. Como cuenta el libro, cuando Brown sucedió a Blair en 2007, los laboristas se pusieron por delante de los conservadores en las encuestas después de dos años. Tanto, que con la euforia, los más cercanos le animaron a que convocara elecciones anticipadas y así se quitara el estigma de ser un primer ministro que no había sido elegido directamente por el pueblo. Los laboristas pusieron en marcha la maquinaria electoral. Brown encargó a su ministro de Finanzas, Alistair Darling, que preparara un adelanto del presupuesto para el año siguiente y hasta la reina estaba preparada para una posible disolución del Parlamento.

A pocos días de que Brown fuera a anunciar el adelanto de las elecciones, los conservadores celebraban una conferencia en Blackpool. George Osborne, el responsable de finanzas Tory, hizo un anuncio que terminaría por minar las expectativas de los laboristas. Los conservadores estaban dispuestos a aplicar el impuesto de sucesiones a las rentas más altas. Los asesores de Brown le habían desaconsejado en varias ocasiones que llevara ese impuesto en su programa electoral y, por tanto, Darling no lo incluyó en el presupuesto.

No hizo falta. Tras el anuncio de Osborne los laboristas habían perdido fuelle en las encuestas. Lo peor es que no les quedaba más remedio que parar la carrera electoral, con el consiguiente ridículo para Brown. Los rumores de la marcha atrás habían llegado a la prensa y ya no había manera de pararlo. La reputación del primer ministro quedó por los suelos y las relaciones dentro del partido se resquebrajaron. Los unos se echaban las culpas a los otros del error y entre medias quedaba un Brown hastiado y con un humor de perros.

A las personas perfeccionistas y que tienen un exceso de responsabilidad les suele pasar esto. Que al final prefieren hacer la guerra por su cuenta antes que confiarle el trabajo a nadie. Sus esfuerzos para mejorar su imagen otra vez le pasaron factura en forma de estrés. Quería manejarlo todo para que no volviera a haber ningún error. Se metía en las labores de todos sus colaboradores y ministros. Hacía y deshacía a su antojo y vinieron las rebeliones que conté en el anterior post. Gordon Brown pasó de ser el hombre que podía sacar al nuevo laborismo de su atolladero para convertirse en un acosador laboral sin escrúpulos.

Entre unos y otros han aprovechado estos días la publicación de los libros para remover la imagen de Brown, ya de por sí maltrecha. Desde Christine Pratt, la directora y fundadora del Servicio Nacional contra el Acoso Laboral, que filtró sin que aún se sepa el porqué, que había recibido la llamada de cuatro personas del entorno de Brown; hasta David Cameron, que ayer se burló de lo lindo del primer ministro y de Darling.

Éste, en una entrevista la noche anterior, sugirió que Brown le había puesto a parir cuando le dijo que Reino Unido se iba a hundir en la recesión. Cameron, al que se le da muy bien aprovechar los puntos flacos de Brown dijo: “Después de las extraordinarias declaraciones del ministro anoche y tras las palabras del primer ministro esta mañana, cito textualmente “Nunca le diría a nadie que hiciera otra cosa que no sea apoyar al ministro”, ¿tendría usted el valor de levantarse y decirnos que esto es cierto?”.

Como bien dice Íñigo en este post “¿Qué es mejor? ¿Tener a un primer ministro educado pero incompetente o a otro paranoico e iracundo pero que sepa hacer su trabajo? ¿Se puede elegir? ¿Qué ocurre si es incompetente y paranoico?”. Pero a un buen primer ministro también le hacen las personas que le rodean y me temo que en todo este tiempo no han estado a la altura. A juzgar por los relatos, nadie ha sabido poner en su sitio a Brown y hacerle ver que su comportamiento era intolerable para la estabilidad del Gobierno. Tampoco parece que haya habido alguno que le haya aconsejado correctamente.

Lo que sí ha demostrado el primer ministro es saber reaccionar justo cuando se ha visto con el agua al cuello. Si siguen saliendo historias, le puede volver a alcanzar. Pero al final acabará resurgiendo. Las encuestas ya parecen estar de su parte. Un tipo que le grita a Blair, no debe ser tan malo después de todo.

Gordon Brown, el terrible

Domingo 3 de mayo de 2009. La todavía ministra de Comunidades, Hazel Blears, utilizaba The Observer para criticar abiertamente la gestión del primer ministro, Gordon Brown, y reclamar una reacción del Gobierno en medio de una tormenta política con la crisis económica como escenario principal. Con los Conservadores liderando las encuestas desde hacía un año, lo peor para Brown estaba todavía por llegar.

“Labour ministers have a collective responsibility for the government’s lamentable failure to get our message across. All too often we announce new strategies or five-year plans, or launch new documents – often with colossal price tags attached – that are received by the public with incredulity at best and, at worst, with hostility. Whatever the problems of the recession, the answer is not more government documents or big speeches.”

Cinco días después, el diario The Daily Telegraph publicaba las cuentas de gastos de los diputados británicos. El periódico, quizá sin preverlo, acababa de provocar el mayor terremoto político que se recuerda en el Reino Unido en siglos. Durante ese mes y el que le siguió, siete ministros abandonaron el barco. Unos por haber cargado al herario público sus caprichos. Otros, por supuestos motivos familiares. Pero algunos, los que más ruido hicieron, dimitieron por desavenencias con la gestión de Brown.

Blears fue una de los damnificados. La ministra dejaba el cargo ‘oficialmente’, por haberse quedado con 13.000 libras de plusvalía que obtuvo al vender su segunda vivienda. Casa que mantenían los contribuyentes gracias al permisivo sistema del Parlamento. Brown apareció ante los medios calificando su comportamiento de “imperdonable” y le escribió una carta sugiriéndole que lo mejor era dejarlo. Ella renunció.

Pero la dimisión tuvo otros motivos menos aparentes. El dos de junio Blears se reunió con Brown para tratar varios asuntos ministeriales. En aquel encuentro hubo una fuerte discusión entre ambos y esto marcaría su futuro. Dentro del equipo de Brown se acusó a Blears de haber filtrado a la prensa que Jacqui Smith, la ex ministra de Interior, iba a dimitir. Brown, con la excusa de las ‘expenses’ se vengaba así por el artículo en The Observer.

Hay que decir que lo que más molestó a Brown no fue el hecho de que Blears reclamara de manera tan fuerte una reacción de sus compañeros. Esta fue la frase que enfadó realmente al primer ministro:

“People want to look their politicians in the eyes and get their anger off their chests. We need a ministerial “masochism strategy”, where ministers engage directly and hear the anger first-hand. I’m not against new media. YouTube if you want to. But it’s no substitute for knocking on doors or setting up a stall in the town centre.”

A Brown llevaban toda la semana masacrándole por culpa de una aparición en YouTube reclamando una reforma del sistema de gastos del Parlamento. En aquel momento, antes de que el Telegraph se hiciera con la información, los diputados británicos ya estaban tratando de llegar a un acuerdo para la publicación de las cuentas y aumentar la transparencia de la clase política.

Jacqui Smith, a la que un tabloide le había amargado la existencia por publicar cómo los contribuyentes habían pagado las películas porno que su marido veía en un hotel, dimitió. Un día antes que Blears. Y dos antes que James Purnell, el ex ministro de Trabajo y Pensiones. Pero Purnell no quería irse solo. En su carta de renuncia le dijo a Brown lo que ninguno se había atrevido a decir hasta ese momento: lo mejor para el partido es que te vayas.

“Dear Gordon,

We both love the Labour party. I have worked for it for 20 years and you for far longer. We know we owe it everything and it owes us nothing.

I owe it to our party to say what I believe no matter how hard that may be. I now believe your continued leadership makes a Conservative victory more, not less likely.”

Purnell y Blears pertenecen a la generación Blair. Toda una saga de jóvenes políticos que florecieron a los pies del ex primer ministro. Juntos fundaron el denominado New Labour. Brown, que había permanecido a la sombra ocupando diversos cargos de importancia durante dos legislaturas, no pertenecía precisamente a esa clase noble. Con la crisis de las ‘expenses’, los partidarios de Blair formaron una entente para acabar de una vez por todas con él. Tras el varapalo de las elecciones locales y europeas, todos los diputados laboristas se reunieron en Westminster para decidir si Brown se iba o se quedaba.

En la prensa fueron apareciendo voces anónimas que apuntaban los constantes ataques de ira del primer ministro, su dificultad para relacionarse con el resto, la falta de comunicación y de tacto y otras lindezas. Resultó inutil porque Brown aquella tarde dio el mejor discurso que se le recuerda. Y convenció al partido.

Pero hoy, nueve meses después de aquello, la publicación de un libro vuelve a poner en entredicho la personalidad de Brown. Lance Price, antiguo portavoz de Tony Blair, describe en su autobiografía al actual primer ministro como una persona “psicológicamente inestable”, con “accesos constantes de ira” y “delirios de grandeza”. The Independent publica este jueves varios estractos del libro que seguro poblará las mesitas de noche de los conservadores los próximos meses.

Es curioso como los antiguos apóstoles de Blair siguen tirando piedras sobre su propio tejado. Con sus guerras intestinas están acabando con el partido. El objetivo no es más que uno. Que del fiasco que les espera a los laboristas en mayo se imponga el antiguo orden.

En lo poco que aparece hoy en el diario, Brown se convierte más que nunca en un ser abominable y terrible, déspota y traicionero. Según una de las fuentes de Price refiriéndose a Whitehall:

“It isn’t a very nice place for people to work. However bad it sometimes looks from the outside, it’s far, far worse from the inside. And the atmosphere is very much set by him.”

Price ha entrevistado a personajes como Damien McBride, que salió rebotado del departamento de comunicación de Brown, después de que un ‘blogger’ desvelara la estrategia que había preparado para desestabilizar a los ‘tories’. Mediante una serie de rumores falsos difundidos por Internet, el jefe de prensa de Brown pensaba convencer a la opinión pública de que David Cameron, el líder del partido Conservador, tenía una supuesta enfermedad de transmisión sexual, o que George Osborne, la mano derecha de Cameron, tenía una afición desmesurada por las prostitutas de lujo.

McBride dice en el libro que Brown fue “un experimento noble que acabó estrellándose en los tiempos que vivimos”. Si alguien sabe cómo resistir a las rebeliones ese es Brown. Es posible que no sea un político modelo, pero lo que es indudable es que los que quieren sucederle llevan la marca de la casa. La de la ambición de poder que Blair demostró y sigue demostrando. Habrá que ver si eso es lo que necesita el Reino Unido.