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Tsipras en Italia

Durante el Congreso del Partido de la Izquierda Europea (PIE) que se celebró en Madrid el pasado mes de diciembre tuve la oportunidad de charlar un par de veces con Fabio Amato, miembro de la secretaría nacional de Rifondazione Comunista. Alguna gente me comentó que Rifondazione estaba intentando que el PIE le hiciera un hueco en la Ejecutiva. Era, desde mi punto de vista, un intento de reflotar el partido en Italia después de haberse quedado fuera del Parlamento en las elecciones de febrero al no haber llegado si quiera al 3% presentándose con la Lista de Rivoluzione Civile encabezada por el exjuez antimafia Antonio Ingroia.

Habría sido un gesto interesante pero cuando hablé con él la primera vez me explicó, mientras se echaba un cigarro, que no había podido hacerse por el reparto paritario en las vicepresidencias. Amato se incomodó mucho con la pregunta – algo que posiblemente estaba relacionado con el ambiente enrarecido que se había creado en torno a la reelección de Pierre Laurent como presidente- y no paró de repetirme: “No hay ningún problema, no hay ningún problema”.

Un poco más tarde volví a coincidir con él en el pasillo que daba al salón del Pleno. Estaba bastante más relajado, así que aproveché para preguntarle por la situación de Rifondazione. Me reconoció que las cosas no estaban bien -como no podía ser de otra manera- porque “la gente está dormida”, pero con una medio sonrisa en la boca me aseguró que tenían mucha esperanza en la candidatura de Alexis Tsipras a la Comisión Europea. “Creemos que puede haber un grupo de intelectuales que traten de poner algo en marcha gracias a la presencia de Tsipras”, me dijo. El tipo lo decía totalmente convencido aunque a mi, pensando en la realidad italiana, me hizo, sobre todo, mucha gracia. El bueno de Amato, sin él saberlo, acabó dándome el arranque para uno de los textos que escribí aquellos días sobre Tsipras.

Rifondazione Comunista nace en febrero de 1991, escasos minutos después de que Achille Ochetto decretara –con el apoyo mayoritario de los delegados del XX Congreso– la disolución del Partido Comunista Italiano y su conversión en el Partido Democrático de la Izquierda -lo que sería hoy, después de muchas idas y venidas, el Partido Democrático que dirige Matteo Renzi-. Sus mayores logros coincidieron siempre con las victorias del centroizquierda en las elecciones y su apoyo fue vital para dar nacimiento a los dos gobienos de Romano Prodi. Después de haber sufrido una serie de deserciones masivas -la última, la de Nichi Vendola en 2009– Rifondazione es hoy una fuerza totalmente minoritaria que, sin embargo, no deja de ser una de las dos opciones alternativas en el espectro de la izquierda -junto con Sinistra, Ecologia e Libertà de Vendola, que sostiene al Gobierno Letta- a un Partido Democrático que ha perdido toda la credibilidad al haber aceptado en un primer momento la formación del Gobierno Monti y, después, la grosse koalition a la italiana con la derecha.

El caso es que, pese a mi incredulidad, Amato jugaba con información privilegiada cuando me dijo lo de Tsipras. Ya el 23 de diciembre la web Micromega de La Repubblica, publicaba la traducción de una entrevista en un medio griego a la periodista y escritora Barbara Spinelli, en la que decía que creía en “una lista italiana a favor de Tsipras para las elecciones europeas, una lista que sostenga que debemos aprender la lección de todo lo que ha sucedido: nosotros queremos a Europa, pero la queremos cambiada de una forma radical”. Poco después, el 16 de enero, en un editorial titulado Nominemos a Tsipras a las europeas, el diario Il Manifesto recogía el guante lanzado por Spinelli y apuntaba la necesidad de “una lista electoral compuesta por personalidades de la sociedad civil y de los movimientos […] para derrotar la política de las grandes coaliciones y para construir también en Italia una alternativa de Gobierno que necesita un espacio político autónomo y radical de la izquierda que haga del empleo, de la democracia y de los derechos, los desafíos sobre los que construir la perspectiva del cambio en Italia”.

Un día más tarde, el 17, también en las páginas de Il Manifesto, Spinelli, Andrea Camil­leri, Paolo Flo­res d’Arcais, Luciano Gal­lino, Marco Revelli y Guido Vialle, formalizaron una propuesta para la creación de una lista ciudadana que representara algunas de las demandas principales que reclama la izquierda alternativa europea a través de la voz de Tsipras. En concreto habla de la abolición del pacto fiscal, del fin del sometimiento de la economía de los Estados a los mercados, de la refundación de las instituciones europeas y de la elaboración de un plan para salir de la crisis centrado en el trabajo y en los derechos sociales.

Los intelectuales, invocando al espíritu del referéndum contra la privatización del agua del verano de 2011, llamaban a los movimientos sociales y a personas de la sociedad civil a apoyar esa candidatura que, si bien no se va a adherir al PIE, sí se sentaría, en el caso de conseguir algún eurodiputado, en los escaños del Grupo de la Izquierda Unitaria al que pertenecen, entre otros, Syriza, Izquierda Unida, el Parti de Gauche y Die Linke.

Una semana después, Tsipras, de nuevo en Il Manifesto, contestó que aceptaba que se utilizara su nombre siempre que se cumplieran tres condiciones: que la lista se elabore desde abajo, es decir, con los movimientos sociales y la sociedad civil; que no se excluyera a nadie, incluidos los partidos de izquierda alternativa que se quieran sumar; y que debe tener como único objetivo “cambiar los equilibrios en Europa a favor de las fuerzas del trabajo contra las del capital y los mercados. De defender la Europa de los pueblos y poner freno a la austeridad que destruye la cohesión social. De reivindicar de nuevo la democracia”.

Portadas de Il Manifesto

La iniciativa se ha puesto en marcha de forma oficial esta semana en Roma con la visita de Tsipras para la reunión de la Ejecutiva del PIE. El líder de Syriza se ha visto además con los promotores de la lista, con el líder de Rifondazione, Paolo Ferrero,  hoy se reúne con Vendola, ha dado una rueda de prensa en la Asociación de la Prensa Extranjera, ha mantenido una reunión con Enrico Letta, ha visitado la redacción de Il Manifesto y ha participado en una entrevista en La 7.

Rifondazione ya ha dado el sí a participar en las europeas en esa lista, mientras que, por ahora, lo de Sinistra, Ecologia e Libertà no está nada claro, aunque sí han conformado un grupo de trabajo para estudiar la posibilidad. Il Manifesto, en un arrebato de optimismo, calificaba ayer de “milagro” el hecho de que Tsipras haya conseguido que la izquierda política y social italiana se hayan puesto a trabajar juntas con un objetivo común.

Italia ha sido hasta ahora un agujero negro para las aspiraciones de la izquierda europea de cara a las elecciones de mayo. Tengo la impresión de que Tsipras es un total desconocido para la mayor parte de los italianos -la entrevista que le hizo Lilli Gruber en La 7 el otro día es una muestra de ello-, así que  habrá que esperar hasta entonces para saber si el líder de Syriza, con una visita, ha conseguido despertar a una sociedad que cuando se habla de política ya no sabe a dónde mirar.

Es posible que la celebración de la reunión del PIE en Roma y la puesta en escena de Tsipras formen parte de una estrategia concreta para cambiar las tornas. Una estrategia en la que Amato tendrá un papel protagonista: el PIE ha decidido que sea el coordinador de la campaña para las europeas.


Alexis Tsipras en Otto e mezzo

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Il Papa straniero

Acababa de aterrizar en Roma, en septiembre de 2010, cuando escuché por primera vez una expresión que me llamó la atención: il Papa straniero (El Papa extranjero). Ya por entonces, el Gobierno de la gran mayoría absoluta de Silvio Berlusconi hacía aguas por todos lados. En abril, Il Cavaliere, con la escena del famoso “che fai?, mi cacci?” durante el Congreso Nacional del Pueblo de la Libertad, certificó su divorcio del posfascista Gianfranco Fini. Fini era presidente del Congreso y se había negado repetidamente a propiciar la aprobación de ciertas leyes que hoy habrían impedido todas las sentencias que ha ido encadenando el magnate.

En la lógica berlusconiana, cuando alguien deja de ser útil a sus intereses, se convierte en enemigo. Así que el ex primer ministro puso a funcionar lo que Roberto Saviano define como la macchina del fango. Movilizó a los periodistas y medios de la corte y le organizó tal campaña de desprestigio que Fini, que si algo ha demostrado durante su carrera es ser un cobarde de tomo y lomo, acabó reculando y, en lugar de abandonar al Gobierno a su suerte, votó a favor de la moción de confianza a la que tuvo que someterse Berlusconi después de la que se había organizado.

El país -aunque no me daría cuenta hasta mucho más tarde de que eso era algo crónico- olía a elecciones anticipadas. Y el Partido Democrático (PD), errático como siempre, empezaba a removerse en busca de un líder con la fuerza necesaria para acabar con el maligno. Hasta entonces sólo Romano Prodi le había ganado en las urnas, y en plena vorágine, Walter Veltroni, al que Berlusconi le hizo un roto monumental en las elecciones de 2008, sugirió en una entrevista con el canal de televisión de La Repubblica, que lo que el PD necesitaba era “una persona de la sociedad civil” que pudiera “sumar” y “provocar la apertura y el consenso en el centroizquierda”. Justo lo que en su momento había hecho Prodi con El Olivo.

Lo que Veltroni estaba pidiendo era alguien ajeno al PD cuya trayectoria y carisma fueran tan indiscutibles que uniera al frente político y social de la izquierda italiana para terminar con el berlusconismo de una vez por todas y reconstruir el país: Il Papa straniero. Como la referencia eclesiástica es clara, he tratado de encontrar el origen de la expresión, pero no he tenido mucho éxito. Y ni el bueno de Iñaki Díez, corresponsal de RNE en Roma, ni la buena de Lucia Magi, profesional a la que el tiempo alguna vez le recompensará todo su esfuerzo, pudieron decirme con exactitud cuándo se empleó por primera vez.

Lo que sí sabemos es que Juan Pablo II fue el primer Papa straniero en cinco siglos, así que imagino que la Curia romana debía tener una muy buena razón para nombrar a un no italiano después de tanto tiempo. Los viajes de Wojtila serían un claro indicativo de que lo que buscaba la Iglesia era superar las barreras de Europa y unir en santo matrimonio a los fieles de todo el globo (y ya de paso acabar con el comunismo, pero ese es otro tema).

La irrupción de Pablo Iglesias con Podemos me ha recordado estos días a esa figura del Papa straniero que se aplica en la política italiana, casi siempre en el centroizquierda. En este caso se trata de un tipo joven, con una formación importante, carismático y respetado, cuyo mensaje es tan claro que llega a cualquier sector progresista, ya sea desde la pantalla de un televisor o desde una plaza en Mérida, y que seguramente genera un sentimiento de pertenencia a algo común, que potencialmente puede desencadenar un nuevo espacio de encuentro.

Cuando me contaron lo que se estaba cocinando hace ahora un par de semanas no voy a negar que me provocó cierta desconfianza. No en Iglesias o en el proyecto, sino en que eso pudiera llegar a algún sitio con Izquierda Unida. Lo que no me esperaba para nada era la postura que han tomado algunos, que más allá de criticarle por los tiempos o la manera de presentar su iniciativa como sí están haciendo muchos, se han centrado en el aspecto mediático. Como si el hecho de salir en las tertulias de los canales mayoritarios le hiciera un personaje menos válido para la izquierda. Si Iglesias es el adecuado, yo no lo sé, pero al menos ha abierto el debate.

El viernes pasado en la presentación de Podemos, él mismo dijo que es consciente de que es “un elemento mediático”. Pero también repitió  algo que muy pocos le podrán negar. Hoy sólo hay dos personas que podrían considerarse referentes de la izquierda social y de la izquierda política con capacidad suficiente como para representar a la ciudadanía en bloque y contar con un amplio consenso político: Ada Colau y Alberto Garzón. La primera ha dicho por activa y por pasiva que no le interesa, y el segundo interpreto que es un cartucho que nadie se quiere permitir el lujo de gastarlo ahora -seguro que ni él mismo- porque Garzón será candidato a presidente del Gobierno más tarde o más temprano.

Iglesias dejó dos reflexiones más que quizá los periodistas no hayamos sabido transmitir con claridad estos días. La primera es que si los actuales líderes de la izquierda tuvieran el don de la palabra, posiblemente él no sería necesario. El que quiera ver en esto un signo de prepotencia es totalmente libre. Pero el tono de Iglesias el viernes estuvo muy alejado del del personaje televisivo. A mi me parece más bien una afirmación realista. Si hubiera alguien capaz de llegar a la gente como él sabe que lo hace , no se estaría presentando a las elecciones europeas.

La segunda es el respeto a los procesos internos de cada organización política. Cuando Iglesias habló de primarias abiertas no estaba retando a nadie. De hecho habló de “competir” desde la “lealtad” -que es muy distinto- con el candidato que IU hubiera elegido de forma interna después del proceso que se ha abierto para la elaboración de listas entre sus federaciones, corrientes y partidos.  Y si IU quiere, una vez que termine su proceso de elección del candidato, Podemos le ofrece dar un paso más allá y permitir que sea la ciudadanía, es decir, el bloque social, el que refrende ese proceso dando el visto bueno a quienes considere más representativos. Eso daría como resultado el ansiado Frente.

La iniciativa, leída en su conjunto, no puede no parecer atractiva a alguien de izquierdas que no milite en IU. Sin embargo, es más que comprensible que los que sí lo hacen tengan muchas dudas, pese a ser conscientes de lo que pueda llegar a representar Iglesias. Una persona que empieza a militar en IU a los 18 años y que, por ejemplo, pasados unos siete años adquiere cierta importancia dentro de su asamblea local o de su federación, es alguien que se ha dejado tiempo, ilusión, esperanza y ganas en las movilizaciones, en las campañas, trabajando en su barrio y preparando acciones, asambleas o conferencias. Y estos dos últimos años han dado para mucho ¿Por qué va a aceptar de buenas a primeras que la persona que IU ha elegido democráticamente consultando a las bases tenga que competir con un Papa straniero? Es más, llegados a ese punto, el juego no se haría en igualdad de condiciones porque el aspecto mediático sería un factor clave en unas primarias abiertas. “Hacer unas primarias de ese tipo sería como asumir que Pablo es nuestro candidato”, me decía alguien hace poco.

Las palabras de Cayo Lara el domingo y el lunes, por mucha punta que se les quiera sacar -como la historia de que son un invento de EEUU-, van orientadas a proteger a la Federación y a reivindicar a su gente y sus procesos internos, que pueden ser todo lo imperfectos del mundo, pero no dejan de ser los que son y fueron refrendados por una gran mayoría en la X Asamblea Federal celebrada hace poco más de un año. Si se quiere ir más allá, el Consejo Político Federal de IU aprobó unas normas hace diez días que implican ya un cierto cambio de aires.

No tuvo un apoyo masivo, es cierto, -fue votado por menos de un 65%- pero se hizo dos días antes de que se diera a conocer la predisposición de Iglesias a presentarse como candidato. Si hubiera habido un acuerdo colectivo mucho más importante, que hubiera ido más lejos de incidir en la mera necesidad de que el proceso sea lo más participativo posible, entonces hoy estaríamos hablando de otra cosa. Si Iglesias hubiera llegado antes, igual también. Eso no quita, no obstante, para que muchos dentro de IU opinen que aún así no se ha hecho suficiente y que es necesario subirse a la ola generada por Iglesias porque aún hay tiempo de aquí a mayo.

¿Cómo conjugar todo el trabajo y el esfuerzo que ha hecho IU este tiempo en la calle con la ruptura que propone Iglesias sin que nadie salga herido? Julio Anguita decía este lunes en Público que él se debe a IU, pero que la iniciativa le parece excelente y que Iglesias ha conseguido concretar ese proyecto de apertura y de unidad al que tantas vueltas le está dando la izquierda. Hay quien ve en Iglesias todo lo contrario, un outsider con intereses oscuros, que en lugar de unión, lo único que va a conseguir es dividir más aún a la izquierda y arrancarle unos cuantos votos a IU en las europeas.

Varias personas a las que admiro por su empeño en hacer que IU sea una organización mejor planteaban ayer la posibilidad de que sea precisamente el Frente Cívico que encabeza Anguita el que haga de mediador entre IU y Podemos. Esto, irremediablemente, me lleva a otra analogía con la temática papal y asumo el riesgo de que alguien empiece a ponerme etiquetas vaticanas. Hablo de la idea de cónclave. Han pasado sólo unos pocos días desde que se conociera de qué va Podemos, pero quizá sea el momento de que, en lugar de que unos y otros sigan lanzándose mensajes velados a través de los medios de comunicación y las redes sociales, se sienten a hablar y busquen lo común. Que no es sólo el programa y los objetivos (democratización de las instituciones de la UE, desaparición de la Troika, renegociación de la deuda y auditoría…), que esos, se sobreentiende que son los mismos. Evitar el espectáculo a los ciudadanos y poner el sentido común y la madurez encima de la mesa sería todo un detalle.

Ahora, si eso se da, esperemos que no ocurra como el famoso cónclave de Viterbo, en el que una comisión especial formada por seis cardenales tardó tres años (1268-1271) en seleccionar a un Papa -que, por cierto, no fue straniero-. Los seis elegidos estuvieron encerrados bajo llave 36 meses en un palacio de esta localidad del Lazio y sólo cuando les redujeron la comida y el agua y le levantaron el tejado al edificio, llegaron a un acuerdo. El frío y el hambre, tienen estas cosas. Como anécdota, puede resultar gracioso. Como estrategia política, sería un desastre.


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